El calor de Cartagena los recibió como un bofetón de humedad y salitre. Alessandra observaba la silueta de la Ciudad Amurallada desde la cubierta de un pesquero que los había traído desde las costas de Panamá para evitar los radares del puerto principal. La ciudad brillaba bajo la luna, hermosa y decadente, ignorante de que la verdadera tormenta acababa de desembarcar en sus muelles.
—¿Estás segura de esto, Alessandra? —preguntó Dante, ajustándose una gorra para ocultar su rostro. Llevaba una