El humo de las granadas cegadoras se expandió por la cava como una lengua de niebla gris y ponzoñosa. Alessandra no esperó a que sus ojos se ajustaran; conocía el mapa de esa habitación porque lo llevaba grabado en su ADN. Se lanzó tras un pesado escritorio de roble blindado, sintiendo el silbido de las balas de 9mm impactando contra la madera milenaria.
—¡Sector izquierdo, madre! —gritó Alessandra, abriendo fuego con su Beretta.
Elena, con una calma que rayaba en lo inhumano, no se cubrió.