El silencio atronador que siguió a la voz de Viktor Volkov —"Entendido, padre"— fue más ensordecedor que cualquier explosión. El eco de la sentencia de muerte de Isabela, pronunciada con la misma frialdad que la orden para sus padres, vibró en el aire denso del refugio de Casandra.
La primera reacción fue de Alessandro. No hubo miedo en sus ojos, sino una furia protectora y asesina que le hizo perder el control por un instante. Su puño se estrelló contra el servidor más cercano con una fuerza brutal, el metal retumbó con un sonido hueco. Una abolladura profunda marcó la superficie. El control de acero de Alessandro se resquebrajó, revelando al depredador herido que había debajo. Su respiración se volvió pesada, sus ojos, llamas ardientes.
—¡Cómo nos atrevemos a hablar de planes! —rugió, su voz era un gruñido gutural—. ¡Cómo nos atrevemos a esperar! ¡Lo mato! ¡Mato a Viktor! ¡Antes de que se atreva a tocar un solo cabello de su cabeza! ¡Lo hago pagar!
Isabela no se derrumbó. El shock f