El nombre de Abril en la pantalla, con su foto sonriente y la gélida nota "Activo secundario. Vulnerable", rompió la calma helada de Isabela. El aire del refugio se convirtió en plomo. Por primera vez desde que se endureció, la máscara de su determinación se resquebrajó. El shock la golpeó con una fuerza devastadora. Sus ojos, que antes habían mirado la muerte a la cara con frialdad, ahora se llenaron de un pánico visceral.
—¡No! ¡No a ella! —Su voz, antes gélida, se quebró, el miedo puro aflorando—. ¡No puede tocarla! ¡Esto es por tu culpa, Lombardi! ¡Por tu guerra! ¡Por arrastrarme a tu mundo! ¡Ahora van a matar a mi mejor amiga!
No era una acusación justa, pero era una reacción humana y visceral. Era el momento en que el coste de su nueva fuerza se volvía demasiado real, cuando la línea entre la venganza y la destrucción de los inocentes se borraba. Las lágrimas, que se había negado a derramar por sus propios padres, amenazaban con desbordarse por el terror de perder a Abril.
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