Milán se había sumido en una paz extraña, casi antinatural, una calma que parecía más un alto al fuego que una conclusión definitiva. Había pasado un mes exacto desde que la antigua fundición de los Moretti se convirtiera en la pira funeraria de un imperio criminal, y el mundo exterior todavía intentaba procesar los escombros de lo que los medios llamaban "El Gran Borrado". En las noticias, los analistas financieros, con sus rostros de gravedad ensayada, hablaban del colapso de los Volkov como