El salón de los Delacroix resplandecía bajo la luz dorada de las velas. La cena había concluido y los invitados se dispersaban en pequeños grupos, formando constelaciones de conversaciones y risas contenidas. Clara permanecía junto a la ventana, observando su reflejo difuso en el cristal, sintiendo que habitaba dos mundos a la vez: el de Clara Morel, la institutriz, y el fantasma de Evelyn D'Armont que se negaba a desaparecer.
Victor Delacroix se acercó a ella con la elegancia de un depredador.