El amanecer se filtraba por los ventanales de la mansión Delacroix, dibujando siluetas doradas sobre el suelo de mármol. Clara se había despertado antes que el resto de la casa, como era su costumbre desde que asumió sus responsabilidades como institutriz. Le gustaba ese momento del día, cuando podía recorrer los pasillos sin tener que mantener la guardia alta, sin fingir ser alguien que no era.
Con un libro de poesía francesa bajo el brazo —un pequeño lujo que se permitía en esas horas temprana