La biblioteca de la mansión Delacroix, con sus estanterías de roble oscuro que ascendían hasta el techo, se había convertido en el escenario de una nueva tradición familiar. Lord Adrian, en un intento por fortalecer los lazos entre los miembros de su casa, había instaurado las tardes de lectura y discusión, donde cada uno podía expresar sus pensamientos sobre obras literarias seleccionadas cuidadosamente por él mismo.
Clara observó cómo la familia se acomodaba en los distintos sillones dispuesto