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La silueta se materializó desde la penumbra del jardín como un espectro salido de mis peores pesadillas. Durante un momento interminable, mi cerebro se negó a procesar lo que mis ojos veían con absoluta claridad. Cada terminación nerviosa de mi cuerpo se congeló, cada pensamiento coherente se disolvió en un vacío de incredulidad absoluta.

Catherine.

Mi esposa muerta estaba parada frente a la cabaña, tan sólida y real como el suelo bajo mis pies.

Imposible. La vi morir.

El recuerdo me golpeó con la fuerza de un puñetazo: Catherine en la cama, su piel adquiriendo ese tono ceniciento característico del arsénico, sus labios azulados, su pecho inmóvil. James había acelerado la dosis final. Yo había estado presente. Había visto cómo la vida abandonaba su cuerpo.

Funeral. Entierro. Lápida.

Recordaba cada detall

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