MAX.
Me quedo tumbado a su lado, dejando que el silencio de este paraíso helado se cuele por las rendijas del ventanal. La luz verde de la aurora sigue allí, estática, bañando el cuerpo de Victoria y dándole una apariencia irreal, casi mística.
Extiendo la mano y recorro su silueta. Mis dedos bajan por la curva de su hombro, descienden por la pendiente de su cintura y se detienen en la plenitud de su cadera. Me gusta el peso de su cuerpo, la solidez de su piel. No es una mujer que se desvanece