DESPRECIABLE.
VICTORIA.
Abro la puerta de la habitación con paso firme. Adel está acostado en la cama, de espaldas al respaldo, pálido y con una vía conectada al dorso de la mano. Aunque me da un asco profundo tener que mirarlo a la cara, me obligo a entrar. Tengo que cumplir con este trámite por pura decencia.
Al escuchar el ruido de mis pasos, gira la cabeza despacio. Su mirada recorre mi silueta y una mueca de incredulidad se dibuja en sus labios secos.
—Nunca pensé que tú vinieras a verme, Victoria —me d