VICTORIA.
Estoy sentada en una de las incómodas sillas metálicas de la sala de espera, con la espalda rígida y los ojos fijos en las puertas de doble hoja del quirófano. Ya es mediodía. El procedimiento empezó a las ocho de la mañana y la incertidumbre me está carcomiendo viva. A mi lado, Valentina se retuerce las manos, con la mirada perdida en el suelo gris del hospital. El silencio entre nosotras es denso, roto solo por el pitido lejano de las máquinas y el murmullo de los médicos que pasan