DESPRECIABLE. 2
VICTORIA
Me detengo en seco antes de tocar la manija de la puerta. Una oleada de desprecio me recorre el cuerpo, pero también la certeza de que no puedo irme sin sacar la última carta que tengo guardada y todo lo que le desprecio. Me giro despacio, clavándole los ojos.
—Ya me di cuenta de que también me engañaste con el tema de mi infertilidad —le digo, con una voz baja, pausada y filosa como un bisturí.
Adel abre los ojos de par en par, perdiendo toda la soberbia en un segundo. El rostro se le