VICTORIA.
Valentina se queda muda un segundo. Su mente, que siempre trabaja a mil revoluciones por minuto, analiza la situación sin una sola gota de emoción.
—¿Y qué le dijiste? —su voz es una línea plana, calmada.
—Le dije que no, Valentina. No soy una transacción. Ya pasé por el infierno de Adel, sintiéndome miserable y engañada. Maximiliano no me ama. Me desea, sí, lo dijo con una crudeza que me asustó, pero el deseo se apaga. No voy a traer un hijo al mundo para que luego nos abandone en un