MAX.
Victoria me sostiene la mirada, pero la duda le tiembla en las pupilas. Niega con la cabeza, intentando soltarse de mi agarre.
—No, así no, Maximiliano —me dice, con la voz ahogada—. No estoy segura. Tú a mí no me amas. Ahora me deseas, sí, pero cuando se te pase el capricho, cuando te canses de follarme, vas a cambiarme por otra. Me vas a dejar a un lado y volveré al mismo infierno.
La escucho y siento una frustración ciega que me aprieta el pecho. Maldita sea. Las mujeres son un terreno