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Cap. 29. Soy tu prisionera, no tu esposa

Caroline entreabrió lo ojos, su cabeza le dolía, y la garganta le ardía producto del cloroformo que le daba un gusto amargo en la garganta. Lo primero que logró divisar son las luces de la ciudad que podían apreciarse desde las ventanas del auto. Su corazón se encogió. La estaban devolviendo a ese lugar que había prometido no volver a llamar hogar.

El chirrido de los frenos la sacudió contra el asiento. La puerta del vehículo se abrió y una mano brutal la obligó a bajar. Frente a ella, la mansión que había aprendido a odiar se alzaba como una prisión. La puerta principal se abrió lentamente. Y allí estaba él.

Leonardo Russo, su esposo, su carcelero. El hombre que alguna vez la mostró como trofeo y la apagó con el mismo cuidado con que se apaga una vela.

- "Bienvenida a casa, Caroline", dijo Leonardo, con esa sonrisa glacial que siempre le helaba la sangre.

El brazo de Leonardo la
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