Mundo de ficçãoIniciar sessãoLas manos de Emilia temblaron ligeramente al desdoblar el vestido negro que le habían entregado. La tela se sentía lujosa entre sus dedos, suave y fría, como algo que no pertenecía a su mundo.
Dos noches antes, Sophia la había mandado al despacho del jefe; Alexander estaba sentado detrás de su escritorio, recostado perezosamente contra la silla.
—¿Necesita algo de mí, señor Sidorov? —preguntó Emili







