Alexander ingresó al comedor por la otra entrada, vestía de mangas de camisa de color azul marino y un pantalón negro. Al verla, esbozó una sonrisa ladeada, y una sensación nueva y peculiar floreció en su pecho.
—Llegas justo a tiempo, malyshka. Bienvenida —dijo, tomando asiento en la cabecera.
—Gracias —replicó ella sintiéndose fuera de lugar, se sentó en la silla a su derecha, procurando mantener una distancia prudente—. Aunque no tenía más alternativa —murmuró entre dientes.
Alexander ignoró