—Tú ya eres mía. Solo mía. Hasta que yo decida si te quiero dejar ir…
El aire en torno a los dos se hizo delgado y difícil de respirar. El silencio parecía una cuerda tensa a punto de romperse. Emilia entrecerró los ojos, calculando qué tan cabreado estaba Alexander.
Este era un depredador que acababa de marcar su territorio, concentrándose en ella esperando alguna reacción. Su mirada oscura estaba cargada de una mezcla de triunfo y algo más profundo, algo que Emilia no estaba segura de querer