Unas manos calientes y poderosas recorrían su cuerpo, pudo sentirlas acariciando sus muslos, enredándose entre su ropa, apretando sus pechos.
Emilia no alcanzaba a ver a quién pertenecían esas manos, de hecho, todo lo que veía era una neblina gris que parecía extenderse a su alrededor. Un tenue dolor en su cuello, un pinchazo que la hizo estremecer. Las manos se volvieron más atrevidas, más aventureras; el gemido escapó de sus labios, un suave y aterciopelado sonido que pareció exacerbar las ma