Emilia regresó a su departamento una mañana de agosto bajo una lluvia suave pero constante. Tras advertirle a Alexander que se marchaba, este no la detuvo, incluso la despidió en la entrada de la mansión con la gentileza y los modales dignos de un anfitrión de cinco estrellas.
O al menos así se habría sentido si sus ojos no la hubiesen observado de aquella manera. Oscura, caliente, perversa. Por un instante se sintió sofocada, como si estuviese a punto de ser devorada por llamas. El escalofrío