10. El choque de los cuatro
La fiesta seguía su curso. El murmullo de conversaciones se mezclaba con la música refinada de un cuarteto de cuerdas en un rincón del salón. Copas de cristal chocaban suavemente mientras los camareros circulaban con bandejas brillantes de champagne. Pero, en el centro de todo, la tensión era un animal invisible que respiraba más fuerte que nadie.
Santiago Pavón no apartaba la mirada de Shaya. Cada movimiento de ella, cada gesto, cada leve inclinación de cabeza al escuchar a Eryx Allen, era com