La sala se llenó en algunos minutos, Margot con la mandíbula tan apretada que parecía morderse los dientes; Enzo con las manos inmóviles, dedos tensos sobre el respaldo de una silla; Michelangelo sudando un poco, como si al cuerpo se le escapara una culpa que él no había procesado; Mateo, ojos encendidos; dos más, callados, con la mirada en la puerta como si el enemigo fuera tan educado de entrar tocando.
—¿Quién? —preguntó Alma, ya seca, con la voz de quien siempre busca una forma antes de bus