A las 03:12, la noche parecía no saber nada de lo que estaba por suceder.
A las 03:15, la noche entendió.
Granadas de humo abrieron dos flores pálidas junto a los porches; las cegadoras tiñeron de blanco la sombra que vivía debajo de una mesa de patio.
Luces cortadas, gritos que primero fueron “¿quién?” y luego fueron “¡mierda!”.
Valentín se deslizaba por la puerta de atrás con el arma pegada al pecho, respiración por nariz, pestañas abiertas apenas lo justo.
Mateo le cubría la esquina con una