La terraza del Hotel Rossi estaba casi vacía, bañada por una luz dorada que el atardecer proyectaba sobre los ventanales de vidrio tintado. Alma se sentaba en una de las esquinas más discretas, con la espalda recta, el rostro serio y una copa de vino blanco en una mano. El viento movía apenas los mechones de su cabello y su mirada estaba fija en el cuaderno de cuero negro que descansaba sobre sus piernas cruzadas.
Pasaba las páginas con lentitud, deteniéndose en frases subrayadas con tinta roja