—Isabela… —susurró, y la palabra le salió como un silbido.
La isla, vista desde el agua, parecía una postal que alguien hubiera ofrecido a una llama.
Vieron sombras moverse como hormigas negras, llevar bidones, anegar telas.
Luego el fuego hizo su lengua, en cuestión de minutos, los manglares escupieron humo negro, la madera de los gazebos hizo crujidos de animal golpeado, la música, lo que quedaba de música se volvió un gemido largo.
Los cuerpos que no pudieron irse empezaron a desaparecer baj