Cap. 56 Dayana, qué casualidad
El abrazo de la señora Valdez de Lombardi no fue solo un saludo; fue una bendición pública, una investidura. La respetada matriarca del círculo empresarial tomó a Dayana entre sus brazos con una fuerza sorprendente para su edad.
—¡Santos cielos, niña! —exclamó, apartándose para mirarla de arriba abajo, con ojos que lo habían visto todo.
—No solo eres hermosa, sino también inteligente. Y también valiente. —Levantó una ceja experta, como compartiendo un secreto de Estado.
—En un mundo de hienas, una tiene que aprender a ser leona, cariño. Tienes que aprender a rugir.
Dayana sintió una oleada de gratitud. No era la aprobación lo que buscaba, pero el reconocimiento de una mujer como la señora Lombardi, que había navegado su propio mar de tiburones, valía su peso en oro.
—Trato de aprender, señora —respondió Dayana con una sonrisa genuina.
—Bueno, la lección de hoy fue magistral —dijo la anciana, tomándola del brazo con firmeza.
—Ahora, ven. Es hora de que esta ciudad conozca a la verdadera