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Savannah apenas podía sostenerse en la silla dura del hospital en la que estaba sentada. La noche se había extendido como un abismo interminable, y cada minuto que pasaba la hacía sentir que su corazón se rompía un poquito más. Afuera, la ciudad dormía indiferente, ajena al mundo que se desmoronaba a su alrededor, mientras ella permanecía pegada a la puerta de la sala de operaciones, con los ojos fijos en el corredor vacío y la mente atrapada en un torbellino de pensamientos que parecían no