El aire en el salón principal de la mansión Valerius se había convertido en un cóctel tóxico de ozono, pólvora y el dulzor rancio de la sangre aristocrática. Los cristales de las inmensas lámparas de araña llovían sobre nosotros como diamantes ensangrentados mientras las puertas, arrancadas de cuajo, dejaban entrar la furia de los Colmillos de Hierro. Aleksei estaba allí, en el centro del desastre, su esmoquin de tres mil dólares hecho jirones por la presión de sus músculos en plena transforma