El sol se hundió tras los picos dentados de los Alpes como una moneda de oro arrojada a un pozo de sombras. El cielo, que minutos antes había sido el lienzo de una conflagración divina, se tiñó de un azul cobalto profundo, dejando que las primeras estrellas observaran el campo de batalla humeante. Sobre el puente del Castillo Valerius, el silencio no era de paz, sino de un agotamiento tan pesado que parecía tener masa física.
Cristian permanecía de rodillas, su respiración era un silbido metál