El cielo sobre el Mediterráneo no estaba preparado para recibir a un dios caído. Cristian Helios sentía cómo la atmósfera intentaba desintegrar su resolución a medida que la gravedad lo reclamaba. No era solo una caída; era un reingreso balístico. A su izquierda, Naamah mantenía los ojos cerrados, su esencia de súcubo parpadeando como una vela en un huracán. A su derecha, Aleksei seguía siendo un lastre de carne y pelaje, un lobo cuya alma pendía del hilo solar que Cristian tejía desesperadamen