El Santuario de Aeval era un lugar donde la lógica se desintegraba en favor de la belleza estática. El cielo no tenía sol ni luna, sino una penumbra iridiscente que bañaba el bosque de hojas negras y flores de cristal en una luz de crepúsculo eterno. El aire no pesaba, pero vibraba con el eco de canciones que no habían sido escritas para oídos mortales. En este rincón de la Medianoche, las heridas de la Gala Carmesí empezaban a cerrarse, pero las cicatrices del alma, aquellas que no se curan c