El primer amanecer en el Castillo Valerius tras la batalla contra Xul-Kala no trajo la luz dorada de la esperanza, sino una claridad de acero, fría y cortante, que se filtraba por las saeteras de piedra negra. Los Alpes parecían haber crecido durante la noche, sus cumbres nevadas alzándose como una muralla infranqueable contra un mundo que ya no reconocía a sus antiguos señores.
En la armería del castillo, un espacio abovedado donde el olor a aceite de ballena y hierro frío impregnaba hasta la