Siete años. Esa fue la edad en la que descubrí que los monstruos no viven debajo de la cama, sino que duermen en la habitación de al lado, huelen a vino caro y tienen voces gélidas que cortan más que cualquier cuchillo. Pero también fue la edad en la que entendí que, aunque mi linaje dictaba que él era mi enemigo natural, el dolor humano nos había convertido en algo mucho más peligroso: aliados.El parque era un cementerio de juegos oxidados y pasto seco, un no-lugar donde los niños rotos íbamos a escondernos de nuestras propias casas. Yo estaba sentada en un columpio que no se movía, sintiendo el peso de los siglos en una existencia que apenas comenzaba. Mis padres, dos alcohólicos de linaje aristocrático caído en desgracia, me exigían una perfección académica inhumana para justificar sus fracasos en la alta sociedad vampírica. Me habían dejado allí como quien olvida una muñeca rota en un rincón, esperando que el frío o el hambre me enseñaran la etiqueta que ellos ya habían perdido.
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