El aire se cargó de la tensión de dos imanes que se repelen. Naomi dio un paso adelante, la indignación era una marea que la arrastraba.
— Lo único que quiero… es que tú y toda tu manada de parásitos salgan de mi casa.
Horas antes, la guerra había sido declarada. Derek, sediento de confrontación, había orquestado una venganza silenciosa. Su plan: convertir la mansión en un circo hedonista. Llamó a Maik y a su séquito de amigos más desenfrenados. La orden fue simple y perversa: traer el caos. Que las mujeres dispuestas a todo, el alcohol y la música sin fin, fueran la artillería. Su objetivo no era solo molestar a su esposa, era pulverizar la paz que ella tanto anhelaba. Y en ese momento, la expresión de Naomi, una mezcla de dolor y furia, le confirmó que estaba ganando.
— ¿Tu casa? También es mi casa, Naomi. Y yo decido cómo la uso. No puedes prohibirme que disponga de ella.
El rostro de Naomi se endureció. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se encerró en la aparente seguri