Se acercó a la puerta, que estaba entreabierta, y la empujó suavemente. La habitación estaba iluminada y Naomi estaba acurrucada en el sofá, envuelta en una sábana, su cuerpo temblaba por los sollozos. Ella lo sintió entrar, pero no se movió. La humillación ya no podía ser mayor. Su presencia era solo una más de las torturas de esa noche.
—Es muy tarde. ¿Por qué no descansas?— dijo él, manteniendo una distancia prudencial, su voz carente de la crueldad habitual, sorprendiéndolo incluso a él mis