OBLIGADA A TENER EL HIJO DE MI ENEMIGO. Capítulo 40.
El silencio que quedó entre Héctor y yo después de mi amenaza fue casi insoportable. No era un silencio vacío, sino uno cargado de palabras no dichas, de miedo, de amor y de rabia contenida. Ambos permanecimos de pie en la sala, mirándonos como si fuéramos dos extraños a punto de decir algo irreparable.
Héctor fue el primero en apartar la mirada.
Se pasó una mano por el cabello, respiró hondo y comenzó a caminar de un lado a otro, como si el espacio no fuera suficiente para contener lo que esta