OBLIGADA A TENER EL HIJO DE MI ENEMIGO. Capítulo 22.
Pestañeé un par de veces, completamente confundida, esperando que Héctor se riera de mí, que soltara una carcajada cruel o dijera que todo había sido una broma de mal gusto. Esperé el sarcasmo, la burla, la negación inmediata. Pero nada de eso ocurrió. Su expresión permaneció seria, inusualmente contenida, y eso fue lo que más me descolocó.
—¿De verdad te estás disculpando? —pregunté con voz cautelosa, casi incrédula—. ¿Por qué ahora?
Héctor suspiró despacio, como si esas palabras pesaran más d