Capítulo 107.
Después de varias horas de hacer el amor, justo cuando llega la madrugada, Víctor y yo nos derrumbamos en la cama, jadeando con fuerza, con los cuerpos todavía tibios y sensibles, solamente exhaustos pero profundamente complacidos por habernos entregado el uno al otro. El sudor se enfría lentamente sobre mi piel mientras mi respiración intenta recuperar un ritmo normal, y mi corazón aún late con fuerza, como si se negara a abandonar del todo ese estado de placer absoluto.
—De verdad eres increíble —me halaga Víctor tomando mi mano sobre la cama, entrelazando sus dedos con los míos—, siempre me haces sentir tan bien…
Su voz suena grave, cargada de una sinceridad que me estremece más que cualquier caricia. Aprieta suavemente mi mano, como si ese gesto sencillo fuera una promesa silenciosa.
—Debería ser yo la que diga esas palabras —respondo con una suave sonrisa, todavía con la voz un poco entrecortada—, tú eres el que me dio múltiples orgasmos esta noche…
Y no estoy mintiendo en absolu