Capítulo 108.
Mi corazón late con mucha fuerza cuando el sacerdote de la parroquia en la cual estamos teniendo la boda alza la voz y hace la pregunta que llevo esperando desde que comenzó la ceremonia:
—¿Christina Galloway, aceptas a Víctor Silverstorm como tu esposo? En la salud y en la enfermedad, la riqueza y la pobreza, en la necesidad y la tranquilidad, ¿aceptas pasar tu vida a su lado?
El silencio que se forma en la iglesia es absoluto, tan profundo que puedo escuchar mi propia respiración. Siento cómo mis manos tiemblan levemente, pero no por miedo, sino por la intensidad del momento. Alzo la mirada y veo a Víctor frente a mí, erguido en el altar, usando ese traje negro de lujo perfectamente entallado que lo hace verse imponente, elegante, casi irreal. Parece más un modelo caminando por una pasarela que un hombre a punto de casarse, y aun así, en sus ojos solo hay amor y una ternura que me atraviesa el pecho.
No puedo evitar sentir cómo mi corazón se llena de una alegría tan pura que casi du