El odio de Lucía no podía ser disimulado. Era puro, visceral; de ese tipo de odio que mataba lentamente el cuerpo.
—Fuera de aquí —tenía los ojos rojos y encendidos—. No quiero verte.
El hombre no se movió. No había pedido una conversación para rendirse al primer intento.
—No me iré hasta que hablemos —dijo, de pie junto a la cama con las manos en los bolsillos de su bata. Se veía serio e imponente, dispuesto a todo con tal de cumplir con su objetivo—. Tiene que firmar el consentimiento para la