Las horas en la sala de espera pasaban lentamente. Había perdido la cuenta de las veces que se había levantado y vuelto a sentar; eran más de treinta. Pero no podía estar quieta: la ansiedad no se lo permitía.
Tampoco podía olvidar las palabras del otro doctor:
“Ahora, el margen de maniobra es nulo.”
“Tras el infarto, el tejido de su corazón no es más que una cicatriz friable y debilitada.”
Lo había planteado de una manera en la que no parecía existir esperanza.
¿Y si Alejandro fallaba? ¿Y si…?