—¿Qué quieres que haga?
La voz de la mujer se esparció por el departamento como una melodía suave. Su timbre era angelical, tímido y un poco asustadizo.
—Siéntate aquí —palmeó su pierna izquierda, invitándola a ocupar un lugar.
Ella tembló un poco, observando su extremidad como si considerara la idea demasiado atrevida. La duda se reflejó en sus orbes castañas, tan hipnóticas con ese ámbar y oliva que parecía cambiar con el ángulo de la luz. Tenía unos ojos preciosos, debía admitirlo.
—V