Dos días después, Selene llegó directamente del trabajo para encerrarse en su habitación con llave. Le había llegado un paquete por mensajería anónima esa mañana en la oficina.
Lo abrió sabiendo de quién provenía antes siquiera de ver el remitente. Dentro había una carpeta negra similar a la anterior, pero esta vez con notas adhesivas amarillas pegadas en varios documentos. Era la caligrafía inconfundible de Alejandro: pulcra, inclinada ligeramente a la derecha; la letra perfecta de un médico.