Levantó las manos despacio, sin prisa, sintiendo el frío del cañón contra su nuca como una simple molestia.
—Tranquilo —dijo con voz aburrida, como si no estuviera a punto de morir—. No hace falta que aprietes tanto.
—Cállate y abre tu auto, daremos un paseo a un lugar más discreto donde pueda matarte y tirarte donde nadie te encuentre —cometió el error de responder.
Ese segundo de distracción fue todo lo que necesito.
Con un movimiento fluido giró el cuerpo hacia la derecha, usando el antebraz