La vida de oficina no era lo suyo. Odiaba todo lo que tenía que ver con balances, reuniones interminables e imbéciles encorbatados que querían que le rindiera cuentas de todo.
Nunca había sido bueno recibiendo órdenes.
Nunca había sido bueno tratando con idiotas.
—El informe llega quince minutos tarde —gruñó a la mujer que temblaba como una hoja al viento con la carpeta en la mano—. Mi padre tolerará tu ineptitud, pero yo no. ¡Largo de mi oficina!
—Señor, déjeme explicarle…
—¡Fuera!
No tardó mu