El teléfono de Isabella vibraba sin parar en su mano, aumentando la ansiedad y taquicardia que estaba sintiendo.
Siempre supo que Alejandro se molestaría cuando se diera cuenta de que lo había drogado, más nunca imaginó que llegaría a un punto tan vengativo.
Ahora la casa, que siempre había sido su refugio, estaba blindada: cortinas cerradas, puertas con cadena, el jardinero convertido en un vigilante improvisado para ahuyentar a los periodistas que acampaban en la verja.
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