—¡Clarie! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Clarie! —La voz agitada de su madre se escuchó desde la entrada de la casa.
Su hermanita no se apartó del hombre, a quien veía como un refugio; sin embargo, Alejandro estaba bastante alejado de esa descripción, porque los refugios no se miraban como él: oscuros, peligrosos, amenazantes.
—¡Bendito Dios, niña! —La despegó del hombre, a pesar de la renuencia de la chica a separarse. En ese momento, su madre centró la mirada en el indeseado visitante—. ¡Y usted, vá