—¡Cielos, Diana! Me has asustado tanto —sollozó una voz muy cerca, mientras sus ojos apenas intentaban volver a acostumbrarse a la intensa luz—. No lo vuelvas a hacer, por favor.
Cuando reaccionó, seguía estando en el quirófano con la diferencia de que ahora el anestesiólogo estaba sobre su cara: revisando sus ojos y sosteniendo en su nariz una máscara de oxígeno.
El llanto de un niño resonó a los pocos segundos como una música melodiosa que no sabía que necesitaba escuchar antes de partir de e