Me hierve la sangre. Sus palabras son una cachetada a mi propio ego. Una vez más, quedo expuesta ante él y todo porque no sé controlar mis emociones.
Pero tengo que aprender a no darle más ese gusto. A mí Maximilian no me ha dado nada para que merezca ver parte de mi personalidad.
Enderezo el cuello con brusquedad y aparto su mano como si quemara.
—No confundas mi reacción, Maximilian —digo con firmeza, seca, sin vacilar—. Si tiemblo, es por la repulsión que me causas.
«Sí me repugna su trato ne